#EstáPasando… Bienvenidos al Puerta Bonita.

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I

Hoy he decidido romper mi silencio. Es justo para mí y para vosotros. Quiero contaros que, los mismos pasillos que pisáis a diario colmados de felicidad, para muchos niños un día supusieron un calvario. Para mí concretamente todo empezó aquella lluviosa tarde del 13 de septiembre de 1920.

Mi nombre es Verónica y, al igual que muchos niños de aquella época, crecía feliz junto a mi hermano en un barrio humilde de la periferia de Madrid. Muy felices hasta que aparecieron aquellos hombres de negro. Desde entonces siempre he odiado ese maldito color. No os imagináis el trauma que supone para una niña tan pequeña el ver cómo sacan a sus padres en un ataúd sin entender nada de lo que pasa. Años después, lo terminaría entendiendo.

Un día estás en la calle jugando a la rayuela, y al día siguiente estás recibiendo una bofetada de una monja vieja y amargada cuyo único afán en la vida es el de amargar la de los demás. Bienvenidos al reformatorio Puerta Bonita.

Así es, reformatorio es el nombre que le dio la iglesia católica para encubrir y justificar el maltrato que sufríamos todos los habitantes de este sombrío lugar. Todos huérfanos desolados que el único delito que habían cometido en su vida era el de ser pobre.

II

Las monjas siempre han tenido fama de cocinar bien. Será en otro sitio. Tendríais que haber visto el puré que nos servían en ese antro. Si lo comparo con el cemento me quedaría corta. ¿Lo peor? Que si no te lo comías, acababas en el cuarto de basuras tras haber recibido una tanda de azotes a mano de Sor Teresa con una regla de un metro.

Si alguien me hubiese dicho que yo encontraría en aquel cuarto mi consuelo para soportar los eternos días que viví en el Puerta Bonita, no le hubiera creído. Pero así fue, la tercera vez que me negué a comerme aquella repugnante comida, detrás de un contenedor apareció ella: Susi.

Susi era una muñeca espectacular. Os juro que a veces me hablaba. La vez que más me ayudó fue aquella noche de la que poco recuerdo. Solo me acuerdo de que el padre Alejandro me invitó a un zumo de naranja en su despacho. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en mi cama con las piernas llenas de sangre. Os prometo que Susi aquel día me abrazó y me susurró al oído que todo iría bien. Tan bien, que algún día nos vengaríamos juntas de todo esto.

Continuará…

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